Y al final explotas. Por supuesto, un pequeño big bang en tu pecho sacude la aparente calma. Duelen los huesos y pesa el alma. Y organizas un viaje, un partido, un café con leche calentita, una llamada de madrugada, un polvo… lo que sea con tal de evitar la tormenta.
Solo pides a gritos cafeína y más sueños… más María y menos miedos.

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