Moleskine

sábado, 21 de marzo de 2026

Para no olvidar.


Hay quien pasa la vida con un mapa claro. Yo no. Yo he sido más de brújula rota, de ir dando vueltas sobre mí misma como si en cada giro fuera a encontrar algo que siempre parecía estar un poco más allá.

Treinta y ocho años preguntándome quién soy. Treinta y ocho años con esa sensación persistente de que me faltaba una pieza, como si alguien me hubiese montado deprisa y se hubiese dejado algo importante por poner. No era tristeza exactamente. Era más bien una especie de ruido de fondo, una incomodidad constante, como llevar una piedra en el zapato y no saber en qué momento se coló.

He buscado en todas partes: en otras personas, en decisiones que no eran mías, en versiones de mí que no terminaban de encajar. He intentado ser lo que se esperaba, lo que parecía más fácil, lo que no hacía preguntas. Pero siempre volvía al mismo sitio: a esa duda que no se callaba nunca.

Y en medio de todo eso, la música.

Siempre la música.

Canciones que no tenían respuestas, pero sí algo más importante: compañía. Letras que parecían escritas desde el mismo lugar en el que yo estaba perdida. Como si alguien, en algún momento, también se hubiese sentido así y hubiese decidido dejar constancia.

Porque hay cosas que no sabes nombrar, pero sí sabes cantar.

Y así, entre acordes y noches largas, fui entendiendo que quizá no se trataba de encontrar una respuesta definitiva. Que igual la vida no va de llegar a un lugar concreto, sino de ir quitando capas, de ir acercándote poco a poco a lo que eres cuando dejas de fingir.

Hoy no tengo todas las respuestas. Ni siquiera estoy segura de quererlas. Pero ya no huyo de la pregunta.

Porque al final, entre tanta duda, tanta búsqueda y tanto intento fallido, siempre hubo algo que me sostuvo sin hacer ruido: canciones que hablaban de perderse, de romperse, de volver a empezar… como si supieran que, en el fondo, todos estamos un poco hechos de lo mismo. Y ahí estaban, sonando bajito, como una verdad incómoda y preciosa: la de que quizá nunca estuve tan perdida, solo estaba aprendiendo a escucharme… con Los Rodríguez, Sabina, Calamaro, Ariel Rot, Loquillo, Bunbury y Alaska marcando el camino sin decirme nunca exactamente a dónde tenía que ir.

Y entonces apareció ella, mi mujer.

No como una solución, ni como alguien que viniera a salvarme, sino como el reflejo de una verdad que ya estaba dentro de mí. Encontrarla fue, en realidad, encontrarme. Reconocerme en otra persona, sentir por fin que todo tenía sentido.


Te quiero bebé  🩷🩷





domingo, 8 de marzo de 2026

8M

Cada Día Internacional de la Mujer vuelvo a pensar en lo mismo: en todas las mujeres que vinieron antes que nosotras.

En las que tuvieron que levantar la voz cuando nadie quería escuchar. En las que lucharon por cosas que hoy parecen normales: poder estudiar, trabajar, decidir sobre su propia vida. Derechos que ahora damos por hechos, pero que durante mucho tiempo fueron una batalla.

A veces olvidamos que cada paso que hoy damos con naturalidad alguien tuvo que pelearlo primero. Y muchas de esas mujeres ni siquiera vieron los frutos de su lucha.

El 8 de marzo no es solo una fecha en el calendario. Es una memoria colectiva. Un recordatorio de que la igualdad no aparece sola, se construye poco a poco, generación tras generación.

Por eso este día también es para mirar alrededor: para reconocer a las mujeres que tenemos cerca, las que sostienen, las que luchan en silencio, las que siguen empujando para que el mundo sea un lugar un poco más justo.

Y también para no olvidar que todavía queda camino



Hoy son oídos, mañana lengua.

Hay algo especialmente doloroso cuando la traición no viene de un desconocido, sino de alguien que un día llamaste "amiga".

De esas personas que se sentaban contigo a escuchar tus historias, tus heridas, tus miedos. De las que sabían exactamente dónde dolía, porque estuvieron ahí cuando lo contabas. Porque confiaste.

Por eso duele más cuando, de repente, esa persona decide comportarse como una niña enfadada. No con silencio o distancia (que ya sería suficiente), sino cruzando una línea que jamás pensaste que cruzaría: acercándose precisamente a quien te hizo daño.

No por casualidad. No por coincidencia. Sino sabiendo perfectamente lo que hubo, lo que sufriste, lo que costó salir de ahí.

Y entonces entiendes algo incómodo pero muy revelador: hay gente que no quiere la verdad, quiere el poder de usarla. Personas que escuchan tus intimidades no para cuidarlas, sino para guardarlas como munición para cuando un día se enfaden.

Quizá la mayor lección es esta: no todo el que se sienta a tu lado es tu amigo, y no todo el que escucha tus heridas tiene intención de protegerlas.