Hay un momento , a veces silencioso, a veces brutal en el que el cuerpo levanta la mano y dice basta. Y tú, que siempre ibas deprisa, que organizabas planes para no pensar, cafés para no sentir, conversaciones para no escuchar el ruido interior… te ves obligada a sentarte frente al espejo sin escapatoria.
Atravesar un proceso complicado por una enfermedad no es solo lidiar con síntomas, pruebas médicas o diagnósticos que suenan a idioma extranjero. Es enfrentarte al miedo en su versión más cruda. Es notar cómo la cabeza imagina finales que nadie ha escrito. Es sentir que el tiempo se estira en las salas de espera y se encoge cuando intentas respirar hondo.
La enfermedad no solo toca el cuerpo; sacude la identidad. Te preguntas quién eres cuando no puedes con todo. Cuando te cansas antes de llegar a la mitad. Cuando el dolor físico o invisible se instala como un huésped que no paga alquiler pero tampoco se va.
Y sin embargo, en medio de ese terremoto, descubres cosas que antes no veías.
Descubres que pedir ayuda no te hace débil. Que llorar no te rompe. Que hay personas que se quedan cuando el plan ya no es divertido ni ligero.
Descubres que la fortaleza no es sonreír siempre, sino sostenerte incluso cuando tiemblas.
Hay días oscuros, claro. Días de rabia. Días de ¿por qué a mí?. Días en los que el cuerpo duele y el alma pesa el doble. Pero también hay pequeñas victorias invisibles: una noche que duermes mejor, una prueba que sale bien, una caminata más larga que la anterior, una risa que vuelve sin pedir permiso.
La enfermedad te cambia el ritmo. Te obliga a escuchar lo que antes ignorabas. Te enseña que no todo está bajo control, pero que dentro del caos aún puedes elegir cómo mirarlo.
No romantizo el dolor. No tiene nada de poético cuando estás dentro. Pero sí puedo decir que atravesarlo ,no huir, no anestesiarlo transforma. Te hace más consciente del milagro cotidiano de estar bien. De poder moverte sin pensar. De respirar sin miedo.
Y un día, casi sin darte cuenta, dejas de contar los días malos y empiezas a contar los momentos buenos. No porque todo esté resuelto.
Sino porque has aprendido que incluso en mitad del proceso, sigues siendo tú. Más frágil quizá. Pero también más real. Más despierta. Más viva.

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