Hay días en los que siento que estoy sosteniéndome con hilos invisibles.
Como si por fuera todavía pudiera hablar, caminar, responder, sonreír un poco… pero por dentro todo estuviera demasiado cansada. Demasiado llena. Demasiado cerca de romperse otra vez.
Lo peor no son las cosas raras que me pasan. Es el desgaste lento. El despertarte ya agotada. El pensar demasiado. El vivir pendiente de cada sensación, de cada miedo, de cada pensamiento que vuelve aunque intentes echarlo fuera. Es sentir que tu cabeza nunca descansa del todo.
A veces me pregunto cuánto tiempo puede una persona mantenerse en equilibrio cuando lleva tanto tiempo luchando consigo misma. Porque llega un punto en el que no sabes si estás resistiendo o simplemente sobreviviendo por inercia.
Y aun así, sigues.
Aunque estés cansada. Aunque tengas miedo de volver a caer en ese lugar oscuro del que tanto costó salir. Aunque notes grietas otra vez.
Quizá romperse no siempre ocurre de golpe. A veces ocurre lentamente, en silencio, mientras intentas aparentar que todavía puedes con todo.