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sábado, 28 de febrero de 2026

Canciones que solucionan todo.

La primavera es como cuando abres la ventana después de meses y dices: "vale, ya está, ya tocaba". De repente hay más luz, menos drama y más ganas de salir a que te dé el aire en la cara. Y eso, aunque parezca una tontería, a la cabeza le viene de lujo.

Porque la salud mental no siempre necesita grandes discursos; a veces necesita sol, paseo y una buena playlist. Es ponerte Here Comes the Sun de The Beatles (sí, del disco Abbey Road) y notar que algo dentro de ti hace clic. Como si George Harrison supiera exactamente cómo te sientes cuando por fin asoma un rayo después del invierno emocional.

Y luego están esos días en los que necesitas energía pura. Ahí entran The Rolling Stones con un chute de actitud. Te pones algo de Exile on Main St. y sales a la calle con otra postura. No has solucionado tu vida, pero caminas como si sí. Y oye, eso ya suma puntos.

La primavera es eso: pequeñas cosas que te recolocan. Quedar con una amiga al sol, reírte sin motivo, tomarte un café en terraza, escuchar un disco entero sin saltar canciones. No hace falta estar eufórica; basta con sentir que hoy todo pesa un poco menos que ayer.

Al final, la felicidad primaveral no es un fuegos artificiales. Es más bien un estribillo pegadizo que te acompaña todo el día. Y si encima suena a Beatles o a Rolling, pues mejor que mejor. 









viernes, 20 de febrero de 2026

Anatomía de una caída lenta.

Hay un momento , a veces silencioso, a veces brutal en el que el cuerpo levanta la mano y dice basta. Y tú, que siempre ibas deprisa, que organizabas planes para no pensar, cafés para no sentir, conversaciones para no escuchar el ruido interior… te ves obligada a sentarte frente al espejo sin escapatoria.

Atravesar un proceso complicado por una enfermedad no es solo lidiar con síntomas, pruebas médicas o diagnósticos que suenan a idioma extranjero. Es enfrentarte al miedo en su versión más cruda. Es notar cómo la cabeza imagina finales que nadie ha escrito. Es sentir que el tiempo se estira en las salas de espera y se encoge cuando intentas respirar hondo.

La enfermedad no solo toca el cuerpo; sacude la identidad. Te preguntas quién eres cuando no puedes con todo. Cuando te cansas antes de llegar a la mitad. Cuando el dolor físico o invisible se instala como un huésped que no paga alquiler pero tampoco se va.

Y sin embargo, en medio de ese terremoto, descubres cosas que antes no veías.
Descubres que pedir ayuda no te hace débil. Que llorar no te rompe. Que hay personas que se quedan cuando el plan ya no es divertido ni ligero.

Descubres que la fortaleza no es sonreír siempre, sino sostenerte incluso cuando tiemblas.
Hay días oscuros, claro. Días de rabia. Días de ¿por qué a mí?. Días en los que el cuerpo duele y el alma pesa el doble. Pero también hay pequeñas victorias invisibles: una noche que duermes mejor, una prueba que sale bien, una caminata más larga que la anterior, una risa que vuelve sin pedir permiso.

La enfermedad te cambia el ritmo. Te obliga a escuchar lo que antes ignorabas. Te enseña que no todo está bajo control, pero que dentro del caos aún puedes elegir cómo mirarlo.

No romantizo el dolor. No tiene nada de poético cuando estás dentro. Pero sí puedo decir que atravesarlo ,no huir, no anestesiarlo transforma. Te hace más consciente del milagro cotidiano de estar bien. De poder moverte sin pensar. De respirar sin miedo.

Y un día, casi sin darte cuenta, dejas de contar los días malos y empiezas a contar los momentos buenos. No porque todo esté resuelto.
Sino porque has aprendido que incluso en mitad del proceso, sigues siendo tú. Más frágil quizá. Pero también más real. Más despierta. Más viva.







jueves, 19 de febrero de 2026

Más María y menos miedos

Y al final explotas. Por supuesto, un pequeño big bang en tu pecho sacude la aparente calma. Duelen los huesos y pesa el alma. Y organizas un viaje, un partido, un café con leche calentita, una llamada de madrugada, un polvo… lo que sea con tal de evitar la tormenta. 

Solo pides a gritos cafeína y más sueños… más María y menos miedos.






Te lo hubiera dado todo.



Seguramente sabía que me metía en un sitio donde terminaría con quemaduras. Pero me hacías sonreír. Mucho.

Fui incapaz de evitarlo. Y por un tiempo también fui completamente gilipollas, pensando que dejarías todo ese presente que suena tanto a pasado por mí. Me creía eso de que mañana lo dirías todo, de que realmente me querías a mí, de que ya no aguantabas más. Supongo que me di cuenta de que eres de esas personas que lo pueden tener casi todo. Y en eso rozas la perfección.

Y aun ahora, desde fuera, sigo viendo que todo sigue igual. Que sonríes en las fotos como si no hubiera pasado nada. Aún me escribes de vez en cuando, supongo que por tu afán de no apagar nunca las llamas. Igual la razón es que preferiste mentir y callar antes que dar la cara.


 
Pero seguramente lo peor sea cuando uno se miente a sí mismo, como hice tanto tiempo yo, que te lo hubiera dado todo.


(Texto rescatado propio de otro blog en 2017)