Hay quien pasa la vida con un mapa claro. Yo no. Yo he sido más de brújula rota, de ir dando vueltas sobre mí misma como si en cada giro fuera a encontrar algo que siempre parecía estar un poco más allá.
Treinta y ocho años preguntándome quién soy. Treinta y ocho años con esa sensación persistente de que me faltaba una pieza, como si alguien me hubiese montado deprisa y se hubiese dejado algo importante por poner. No era tristeza exactamente. Era más bien una especie de ruido de fondo, una incomodidad constante, como llevar una piedra en el zapato y no saber en qué momento se coló.
He buscado en todas partes: en otras personas, en decisiones que no eran mías, en versiones de mí que no terminaban de encajar. He intentado ser lo que se esperaba, lo que parecía más fácil, lo que no hacía preguntas. Pero siempre volvía al mismo sitio: a esa duda que no se callaba nunca.
Y en medio de todo eso, la música.
Siempre la música.
Canciones que no tenían respuestas, pero sí algo más importante: compañía. Letras que parecían escritas desde el mismo lugar en el que yo estaba perdida. Como si alguien, en algún momento, también se hubiese sentido así y hubiese decidido dejar constancia.
Porque hay cosas que no sabes nombrar, pero sí sabes cantar.
Y así, entre acordes y noches largas, fui entendiendo que quizá no se trataba de encontrar una respuesta definitiva. Que igual la vida no va de llegar a un lugar concreto, sino de ir quitando capas, de ir acercándote poco a poco a lo que eres cuando dejas de fingir.
Hoy no tengo todas las respuestas. Ni siquiera estoy segura de quererlas. Pero ya no huyo de la pregunta.
Porque al final, entre tanta duda, tanta búsqueda y tanto intento fallido, siempre hubo algo que me sostuvo sin hacer ruido: canciones que hablaban de perderse, de romperse, de volver a empezar… como si supieran que, en el fondo, todos estamos un poco hechos de lo mismo. Y ahí estaban, sonando bajito, como una verdad incómoda y preciosa: la de que quizá nunca estuve tan perdida, solo estaba aprendiendo a escucharme… con Los Rodríguez, Sabina, Calamaro, Ariel Rot, Loquillo, Bunbury y Alaska marcando el camino sin decirme nunca exactamente a dónde tenía que ir.
Y entonces apareció ella, mi mujer.
No como una solución, ni como alguien que viniera a salvarme, sino como el reflejo de una verdad que ya estaba dentro de mí. Encontrarla fue, en realidad, encontrarme. Reconocerme en otra persona, sentir por fin que todo tenía sentido.
Te quiero bebé 🩷🩷


