sábado, 9 de mayo de 2026

Náufrago

Hay días en los que siento que estoy sosteniéndome con hilos invisibles.

Como si por fuera todavía pudiera hablar, caminar, responder, sonreír un poco… pero por dentro todo estuviera demasiado cansada. Demasiado llena. Demasiado cerca de romperse otra vez.

Lo peor no son las cosas raras que me pasan. Es el desgaste lento. El despertarte ya agotada. El pensar demasiado. El vivir pendiente de cada sensación, de cada miedo, de cada pensamiento que vuelve aunque intentes echarlo fuera. Es sentir que tu cabeza nunca descansa del todo.

A veces me pregunto cuánto tiempo puede una persona mantenerse en equilibrio cuando lleva tanto tiempo luchando consigo misma. Porque llega un punto en el que no sabes si estás resistiendo o simplemente sobreviviendo por inercia.

Y aun así, sigues.

Aunque estés cansada. Aunque tengas miedo de volver a caer en ese lugar oscuro del que tanto costó salir. Aunque notes grietas otra vez.

Quizá romperse no siempre ocurre de golpe. A veces ocurre lentamente, en silencio, mientras intentas aparentar que todavía puedes con todo.

martes, 7 de abril de 2026

Caída libre.

Pongo titulo a esta entrada de blog de una canción de Leiva que para mí refleja muy bien lo que es la depresión y el fingir estar bien. 

Hay dolores que no hacen ruido, pero lo ocupan todo.

El dolor neurológico es así: invisible, constante, caprichoso. No siempre se ve en una prueba, no siempre se entiende desde fuera, pero se instala dentro de ti como un huésped que no ha sido invitado y que, sin embargo, se queda. Y tú aprendes  (porque no te queda otra) a convivir con él.

Lo más duro no es solo el dolor en sí. Es el silencio que lo rodea.

Es levantarte por la mañana con la cabeza pesada, el cuello rígido o esa punzada que aparece sin avisar, y aun así vestirte, salir, sonreír, responder "todo bien" cuando alguien pregunta. Es sostener conversaciones mientras por dentro estás contando los segundos, esperando que pase, que baje, que afloje un poco.

Es aprender a disimular.

A modular la voz cuando el dolor aprieta.

A no fruncir el ceño.

A no tocarte la cabeza constantemente.

A seguir el ritmo de un mundo que no se detiene porque tú no estés bien.

Porque el dolor neurológico no siempre te tumba, pero te desgasta. Poco a poco. Día tras día. Te roba energía, concentración, paciencia. Y aun así, sigues. Vas a trabajar, cuidas de los tuyos, haces planes, cumples. Desde fuera, parece que todo está en orden.

Pero no lo está.

Por dentro hay una lucha constante entre lo que sientes y lo que muestras. Entre la necesidad de parar y la obligación ( o el deseo ) de seguir adelante. Y en medio de todo eso, el cansancio emocional de no poder explicarlo del todo, de sentir que si lo cuentas demasiado, molestas; y si no lo cuentas, te aíslas.

Sobrellevar el dolor en silencio no es valentía épica. Es resistencia cotidiana.

Es aprender a negociar contigo mismo: "un poco más", "aguanta un rato", "ya descansaré luego". Es celebrar días en los que el dolor da tregua como si fueran pequeñas victorias. Es adaptarte sin darte cuenta, cambiar hábitos, ritmos, prioridades.

Y también es, muchas veces, sentirte incomprendido.

Porque lo que no se ve, cuesta creerlo. Y lo que no se explica fácil, se minimiza. Pero el dolor está ahí. Real. Presente. Aunque no deje marca.

Quizá por eso, escribirlo (o decirlo en voz alta) se vuelve tan importante. No para que todo el mundo lo entienda, sino para dejar de negarlo. Para darte permiso a reconocer que es difícil. Que cansa. Que duele.

Y aun así, sigues.

Porque vivir con dolor no te define, pero sí te transforma. Te vuelve más consciente, más paciente, más fuerte de una forma silenciosa. Una fuerza que no necesita aplausos, pero que merece ser reconocida.

Aunque sea, al menos, por ti.




sábado, 21 de marzo de 2026

Para no olvidar.


Hay quien pasa la vida con un mapa claro. Yo no. Yo he sido más de brújula rota, de ir dando vueltas sobre mí misma como si en cada giro fuera a encontrar algo que siempre parecía estar un poco más allá.

Treinta y ocho años preguntándome quién soy. Treinta y ocho años con esa sensación persistente de que me faltaba una pieza, como si alguien me hubiese montado deprisa y se hubiese dejado algo importante por poner. No era tristeza exactamente. Era más bien una especie de ruido de fondo, una incomodidad constante, como llevar una piedra en el zapato y no saber en qué momento se coló.

He buscado en todas partes: en otras personas, en decisiones que no eran mías, en versiones de mí que no terminaban de encajar. He intentado ser lo que se esperaba, lo que parecía más fácil, lo que no hacía preguntas. Pero siempre volvía al mismo sitio: a esa duda que no se callaba nunca.

Y en medio de todo eso, la música.

Siempre la música.

Canciones que no tenían respuestas, pero sí algo más importante: compañía. Letras que parecían escritas desde el mismo lugar en el que yo estaba perdida. Como si alguien, en algún momento, también se hubiese sentido así y hubiese decidido dejar constancia.

Porque hay cosas que no sabes nombrar, pero sí sabes cantar.

Y así, entre acordes y noches largas, fui entendiendo que quizá no se trataba de encontrar una respuesta definitiva. Que igual la vida no va de llegar a un lugar concreto, sino de ir quitando capas, de ir acercándote poco a poco a lo que eres cuando dejas de fingir.

Hoy no tengo todas las respuestas. Ni siquiera estoy segura de quererlas. Pero ya no huyo de la pregunta.

Porque al final, entre tanta duda, tanta búsqueda y tanto intento fallido, siempre hubo algo que me sostuvo sin hacer ruido: canciones que hablaban de perderse, de romperse, de volver a empezar… como si supieran que, en el fondo, todos estamos un poco hechos de lo mismo. Y ahí estaban, sonando bajito, como una verdad incómoda y preciosa: la de que quizá nunca estuve tan perdida, solo estaba aprendiendo a escucharme… con Los Rodríguez, Sabina, Calamaro, Ariel Rot, Loquillo, Bunbury y Alaska marcando el camino sin decirme nunca exactamente a dónde tenía que ir.

Y entonces apareció ella, mi mujer.

No como una solución, ni como alguien que viniera a salvarme, sino como el reflejo de una verdad que ya estaba dentro de mí. Encontrarla fue, en realidad, encontrarme. Reconocerme en otra persona, sentir por fin que todo tenía sentido.


Te quiero bebé  🩷🩷





domingo, 8 de marzo de 2026

8M

Cada Día Internacional de la Mujer vuelvo a pensar en lo mismo: en todas las mujeres que vinieron antes que nosotras.

En las que tuvieron que levantar la voz cuando nadie quería escuchar. En las que lucharon por cosas que hoy parecen normales: poder estudiar, trabajar, decidir sobre su propia vida. Derechos que ahora damos por hechos, pero que durante mucho tiempo fueron una batalla.

A veces olvidamos que cada paso que hoy damos con naturalidad alguien tuvo que pelearlo primero. Y muchas de esas mujeres ni siquiera vieron los frutos de su lucha.

El 8 de marzo no es solo una fecha en el calendario. Es una memoria colectiva. Un recordatorio de que la igualdad no aparece sola, se construye poco a poco, generación tras generación.

Por eso este día también es para mirar alrededor: para reconocer a las mujeres que tenemos cerca, las que sostienen, las que luchan en silencio, las que siguen empujando para que el mundo sea un lugar un poco más justo.

Y también para no olvidar que todavía queda camino



Hoy son oídos, mañana lengua.

Hay algo especialmente doloroso cuando la traición no viene de un desconocido, sino de alguien que un día llamaste "amiga".

De esas personas que se sentaban contigo a escuchar tus historias, tus heridas, tus miedos. De las que sabían exactamente dónde dolía, porque estuvieron ahí cuando lo contabas. Porque confiaste.

Por eso duele más cuando, de repente, esa persona decide comportarse como una niña enfadada. No con silencio o distancia (que ya sería suficiente), sino cruzando una línea que jamás pensaste que cruzaría: acercándose precisamente a quien te hizo daño.

No por casualidad. No por coincidencia. Sino sabiendo perfectamente lo que hubo, lo que sufriste, lo que costó salir de ahí.

Y entonces entiendes algo incómodo pero muy revelador: hay gente que no quiere la verdad, quiere el poder de usarla. Personas que escuchan tus intimidades no para cuidarlas, sino para guardarlas como munición para cuando un día se enfaden.

Quizá la mayor lección es esta: no todo el que se sienta a tu lado es tu amigo, y no todo el que escucha tus heridas tiene intención de protegerlas.




sábado, 28 de febrero de 2026

Canciones que solucionan todo.

La primavera es como cuando abres la ventana después de meses y dices: "vale, ya está, ya tocaba". De repente hay más luz, menos drama y más ganas de salir a que te dé el aire en la cara. Y eso, aunque parezca una tontería, a la cabeza le viene de lujo.

Porque la salud mental no siempre necesita grandes discursos; a veces necesita sol, paseo y una buena playlist. Es ponerte Here Comes the Sun de The Beatles (sí, del disco Abbey Road) y notar que algo dentro de ti hace clic. Como si George Harrison supiera exactamente cómo te sientes cuando por fin asoma un rayo después del invierno emocional.

Y luego están esos días en los que necesitas energía pura. Ahí entran The Rolling Stones con un chute de actitud. Te pones algo de Exile on Main St. y sales a la calle con otra postura. No has solucionado tu vida, pero caminas como si sí. Y oye, eso ya suma puntos.

La primavera es eso: pequeñas cosas que te recolocan. Quedar con una amiga al sol, reírte sin motivo, tomarte un café en terraza, escuchar un disco entero sin saltar canciones. No hace falta estar eufórica; basta con sentir que hoy todo pesa un poco menos que ayer.

Al final, la felicidad primaveral no es un fuegos artificiales. Es más bien un estribillo pegadizo que te acompaña todo el día. Y si encima suena a Beatles o a Rolling, pues mejor que mejor. 









viernes, 20 de febrero de 2026

Anatomía de una caída lenta.

Hay un momento , a veces silencioso, a veces brutal en el que el cuerpo levanta la mano y dice basta. Y tú, que siempre ibas deprisa, que organizabas planes para no pensar, cafés para no sentir, conversaciones para no escuchar el ruido interior… te ves obligada a sentarte frente al espejo sin escapatoria.

Atravesar un proceso complicado por una enfermedad no es solo lidiar con síntomas, pruebas médicas o diagnósticos que suenan a idioma extranjero. Es enfrentarte al miedo en su versión más cruda. Es notar cómo la cabeza imagina finales que nadie ha escrito. Es sentir que el tiempo se estira en las salas de espera y se encoge cuando intentas respirar hondo.

La enfermedad no solo toca el cuerpo; sacude la identidad. Te preguntas quién eres cuando no puedes con todo. Cuando te cansas antes de llegar a la mitad. Cuando el dolor físico o invisible se instala como un huésped que no paga alquiler pero tampoco se va.

Y sin embargo, en medio de ese terremoto, descubres cosas que antes no veías.
Descubres que pedir ayuda no te hace débil. Que llorar no te rompe. Que hay personas que se quedan cuando el plan ya no es divertido ni ligero.

Descubres que la fortaleza no es sonreír siempre, sino sostenerte incluso cuando tiemblas.
Hay días oscuros, claro. Días de rabia. Días de ¿por qué a mí?. Días en los que el cuerpo duele y el alma pesa el doble. Pero también hay pequeñas victorias invisibles: una noche que duermes mejor, una prueba que sale bien, una caminata más larga que la anterior, una risa que vuelve sin pedir permiso.

La enfermedad te cambia el ritmo. Te obliga a escuchar lo que antes ignorabas. Te enseña que no todo está bajo control, pero que dentro del caos aún puedes elegir cómo mirarlo.

No romantizo el dolor. No tiene nada de poético cuando estás dentro. Pero sí puedo decir que atravesarlo ,no huir, no anestesiarlo transforma. Te hace más consciente del milagro cotidiano de estar bien. De poder moverte sin pensar. De respirar sin miedo.

Y un día, casi sin darte cuenta, dejas de contar los días malos y empiezas a contar los momentos buenos. No porque todo esté resuelto.
Sino porque has aprendido que incluso en mitad del proceso, sigues siendo tú. Más frágil quizá. Pero también más real. Más despierta. Más viva.







jueves, 19 de febrero de 2026

Más María y menos miedos

Y al final explotas. Por supuesto, un pequeño big bang en tu pecho sacude la aparente calma. Duelen los huesos y pesa el alma. Y organizas un viaje, un partido, un café con leche calentita, una llamada de madrugada, un polvo… lo que sea con tal de evitar la tormenta. 

Solo pides a gritos cafeína y más sueños… más María y menos miedos.






Te lo hubiera dado todo.



Seguramente sabía que me metía en un sitio donde terminaría con quemaduras. Pero me hacías sonreír. Mucho.

Fui incapaz de evitarlo. Y por un tiempo también fui completamente gilipollas, pensando que dejarías todo ese presente que suena tanto a pasado por mí. Me creía eso de que mañana lo dirías todo, de que realmente me querías a mí, de que ya no aguantabas más. Supongo que me di cuenta de que eres de esas personas que lo pueden tener casi todo. Y en eso rozas la perfección.

Y aun ahora, desde fuera, sigo viendo que todo sigue igual. Que sonríes en las fotos como si no hubiera pasado nada. Aún me escribes de vez en cuando, supongo que por tu afán de no apagar nunca las llamas. Igual la razón es que preferiste mentir y callar antes que dar la cara.


 
Pero seguramente lo peor sea cuando uno se miente a sí mismo, como hice tanto tiempo yo, que te lo hubiera dado todo.


(Texto rescatado propio de otro blog en 2017)