domingo, 8 de marzo de 2026

Hoy son oídos, mañana lengua.

Hay algo especialmente doloroso cuando la traición no viene de un desconocido, sino de alguien que un día llamaste "amiga".

De esas personas que se sentaban contigo a escuchar tus historias, tus heridas, tus miedos. De las que sabían exactamente dónde dolía, porque estuvieron ahí cuando lo contabas. Porque confiaste.

Por eso duele más cuando, de repente, esa persona decide comportarse como una niña enfadada. No con silencio o distancia (que ya sería suficiente), sino cruzando una línea que jamás pensaste que cruzaría: acercándose precisamente a quien te hizo daño.

No por casualidad. No por coincidencia. Sino sabiendo perfectamente lo que hubo, lo que sufriste, lo que costó salir de ahí.

Y entonces entiendes algo incómodo pero muy revelador: hay gente que no quiere la verdad, quiere el poder de usarla. Personas que escuchan tus intimidades no para cuidarlas, sino para guardarlas como munición para cuando un día se enfaden.

Quizá la mayor lección es esta: no todo el que se sienta a tu lado es tu amigo, y no todo el que escucha tus heridas tiene intención de protegerlas.




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