Pongo titulo a esta entrada de blog de una canción de Leiva que para mí refleja muy bien lo que es la depresión y el fingir estar bien.
Hay dolores que no hacen ruido, pero lo ocupan todo.
El dolor neurológico es así: invisible, constante, caprichoso. No siempre se ve en una prueba, no siempre se entiende desde fuera, pero se instala dentro de ti como un huésped que no ha sido invitado y que, sin embargo, se queda. Y tú aprendes (porque no te queda otra) a convivir con él.
Lo más duro no es solo el dolor en sí. Es el silencio que lo rodea.
Es levantarte por la mañana con la cabeza pesada, el cuello rígido o esa punzada que aparece sin avisar, y aun así vestirte, salir, sonreír, responder "todo bien" cuando alguien pregunta. Es sostener conversaciones mientras por dentro estás contando los segundos, esperando que pase, que baje, que afloje un poco.
Es aprender a disimular.
A modular la voz cuando el dolor aprieta.
A no fruncir el ceño.
A no tocarte la cabeza constantemente.
A seguir el ritmo de un mundo que no se detiene porque tú no estés bien.
Porque el dolor neurológico no siempre te tumba, pero te desgasta. Poco a poco. Día tras día. Te roba energía, concentración, paciencia. Y aun así, sigues. Vas a trabajar, cuidas de los tuyos, haces planes, cumples. Desde fuera, parece que todo está en orden.
Pero no lo está.
Por dentro hay una lucha constante entre lo que sientes y lo que muestras. Entre la necesidad de parar y la obligación ( o el deseo ) de seguir adelante. Y en medio de todo eso, el cansancio emocional de no poder explicarlo del todo, de sentir que si lo cuentas demasiado, molestas; y si no lo cuentas, te aíslas.
Sobrellevar el dolor en silencio no es valentía épica. Es resistencia cotidiana.
Es aprender a negociar contigo mismo: "un poco más", "aguanta un rato", "ya descansaré luego". Es celebrar días en los que el dolor da tregua como si fueran pequeñas victorias. Es adaptarte sin darte cuenta, cambiar hábitos, ritmos, prioridades.
Y también es, muchas veces, sentirte incomprendido.
Porque lo que no se ve, cuesta creerlo. Y lo que no se explica fácil, se minimiza. Pero el dolor está ahí. Real. Presente. Aunque no deje marca.
Quizá por eso, escribirlo (o decirlo en voz alta) se vuelve tan importante. No para que todo el mundo lo entienda, sino para dejar de negarlo. Para darte permiso a reconocer que es difícil. Que cansa. Que duele.
Y aun así, sigues.
Porque vivir con dolor no te define, pero sí te transforma. Te vuelve más consciente, más paciente, más fuerte de una forma silenciosa. Una fuerza que no necesita aplausos, pero que merece ser reconocida.
Aunque sea, al menos, por ti.

No hay comentarios:
Publicar un comentario